Nuestro estado de ánimo equivale a nuestra manera de andar por el mundo. Viene a ser cómo nos sentimos y como nos movemos en consecuencia. Cuando estamos bien, parece que atraigamos más fácilmente a los demás, la vida nos sonríe y estamos más creativos, más ligeros y las buenas noticias se suceden. Cuando no estamos tan bien, parece que suceda todo lo contrario. ¡O al menos eso nos parece!
Por tanto, el estado de ánimo personal es algo fluctuante, cambia a menudo (en algunos más que en otros) y debemos aceptar esto como normal. Sin embargo, podemos emprender distintas acciones para mejorar o estabilizar nuestro estado de ánimo en nuestra vida normal. Todos realizamos actividades de algún tipo, conocemos personas o visitamos lugares que habitualmente nos hacen sentir bien. Son como pequeñas “píldoras” que nos animan y nos llenan. Tenerlas en mente es interesante (incluso en un pequeño listado por escrito). Sin embargo, no siempre estarán disponibles. No siempre podemos ir a esa playa donde tan a gusto nos sentimos, o gozar con hacer nuestro deporte favorito con amigos, o ir al cine simplemente, bien acompañados.
El objetivo debería ser el poder desarrollar un proceso mediante el cual hacemos todo lo que esté en nuestra mano por nosotros mismos, a modo de principio de mejora constante. Mientras, podemos dotarnos de las herramientas psicológicas para ello. Por ejemplo, darnos cuenta de en qué situaciones tendemos a estar mejor y en cuáles peor. O que cosas concretas podemos hacer en nuestra vida cotidiana para elevarlo.
Para casos más severos de inestabilidad emocional, como puede ser una depresión o la ansiedad, entre otras, se debería iniciar un proceso terapéutico en consulta sin duda alguna, pues la ayuda profesional en estos casos nos va a servir tanto de apoyo, como de guía y motivación para seguir adelante y no tirar nunca la toalla.