La olla comenzó a hervir. Los aromas invadieron la cocina y llegaron hasta la recámara. Mariana se levantó de la destartalada cama al escuchar el golpeteo de la tapa y se dirigió lenta y pesadamente hacia la estufa. Bajó la intensidad de la flama y tomó un cucharón de madera para mezclar el contenido. Eran recortes de carne, grasa y huesos de res, menudencias de pollo y algunas verduras como cebollas, tomates y coles que estaban ya pasadas de madurez y que había encontrado en el fondo de su viejo refrigerador. Continuó cociendo a fuego lento hasta que todo se había convertido en una sopa espesa, más parecido a un engrudo que a un caldo. Dejó enfriar la comida y se acostó de nuevo. Un par de horas después regresó y con esfuerzo levantó la olla, se encaminó hacia la puerta posterior de la vivienda y salió al patio. Apenas había empujado la desvencijada puerta de madera y malla de mosquitero cuando se escucharon los ladridos de una jauría de once perros. Eran animales de distintos tamaños y edades, flacos, raquíticos algunos y otros patéticos sacos de huesos, con cicatrices diversas, producto de las peleas que el hacinamiento, la falta de alimentación y el descuido en general provocan. Mariana caminó lentamente entre ellos. Los perros brincaban alborotados a su alrededor y ella luchaba por evitar que la derribaran mientras vigilaba sus pasos intentando evitar las heces que tenía ya una semana sin limpiar. Finalmente llegó hasta una gran bandeja metálica que servía como alimentador y vertió de golpe el contenido de la olla. Inmediatamente los animales rodearon la bandeja y comenzaron a devorar la comida, Primero los más grandes, que gruñían y rechazaban a los más pequeños, a los que sólo le quedaba esperar su momento. Mariana volvió a entrar a la vivienda y se dirigió a su habitación. Tomó una jeringa que había preparado previamente, se sentó sobre una vieja silla que en algún tiempo tuvo una cubierta acojinada y se inyectó la insulina en el abdomen. Se quedó pensativa por un breve instante. Volteó a ver el reloj de pared, faltaban cinco minutos para las nueve de la noche. Giró la silla hacia un par de cajas de madera que utilizaba como escritorio y encendió la computadora.
A la mañana siguiente Mariana despertó malhumorada, sin descansar adecuadamente, ya que el viejo abanico de pedestal no podía hacer gran cosa contra el sofocante calor de agosto. Además de eso era domingo, y el escándalo de una fiesta en la casa contigua había causado que los perros ladraran durante toda la noche. Se incorporó una vez más. Pero en esta ocasión algo no andaba bien, sintió un leve mareo al que no dio ninguna importancia y se encaminó hacia el baño. Al salir, sintió que sus manos temblaban levemente. Fue entonces cuando se dio cuenta que su nivel de azúcar no estaba bien. Alcanzó a recordar que había dejado su teléfono cargando conectado en un contacto de la cocina y se dirigió hacia él. Repentinamente el mareo apareció de nuevo, junto con un fuerte dolor de cabeza y un zumbido que la aturdía. Avanzó tambaleante apoyándose en las paredes, pero se derrumbó de bruces a la mitad de lo que se supone es la sala.
Al llegar la noche los once animales comenzaron a inquietarse. Era hora ya que al menos detectaran el olor de la comida preparándose, pero esta noche no había señal de nada, ni la hubo la siguiente. Ahora han pasado dos días ya desde que Mariana falleció sola, sin que nadie se diera cuenta. Los perros ladran de hambre, pero los vecinos están acostumbrados y no prestan atención. Sólo saben que en esa casa habita una persona grosera de pésimo carácter y sumamente conflictiva a quien prefieren evitar en todo lo posible. Uno de los perros más grandes, que conserva aún la suficiente fuerza, comienza a golpear con sus patas delanteras el mosquitero. La puerta está abierta, y es solo ese segundo marco el que los separa del interior de la precaria vivienda. Finalmente, la malla cede y se desprende del marco. Comienzan a ingresar uno a uno, buscando alimento se suben a la mesa y encuentran un plato con huesos de pollo y restos de pan y tortillas, derriban el bote de la basura y encuentran más desperdicios. Las peleas no se hacen esperar hasta que como siempre, los perros más grandes imponen su jerarquía sobre los pequeños. Son estos los primeros en acercarse al cuerpo de Mariana. Lo rodean con curiosidad y lamen su rostro que se encuentra ya bastante abotagado por el proceso de descomposición. Recorren el interior de la casa completamente. No hay rincón de esta que no sea olfateado ansiosamente por los perros en busca de algo con qué alimentarse. Animales que han padecido hambre durante la mayor parte de su existencia. Que no conocen lo que es un estómago lleno. Exploran la habitación, hurgan debajo de los sillones donde encuentran morusas de pan y galletas rancias, y en el bote de basura del baño donde se tragan los papeles con restos de excremento.
Los perros no logran saciar su hambre y pronto los atosiga de nuevo. Dieron cuenta de lo poco que encontraron y ya no hay mas restos por ninguna parte. El más grande de ellos finalmente deja salir de lo más profundo de sus instintos, uno que se encontraba reprimido por generaciones desde hace más de diez mil años. Un instinto que, por decirlo así, le recuerda que en realidad es un lobo, ya que fue el humano el que doblegó su ímpetu salvaje y lo hizo perro. Se aproxima al cuerpo de mariana y muerde su lengua, la cual por la inflamación se encuentra mayormente de fuera. Con desesperación consume dicho músculo y continua con los ojos, la nariz, la carne del rostro. Las demás bestias se le van uniendo y rápidamente muerden y lamen los tejidos blandos, rostro, manos, pies, hasta dejar los huesos expuestos. Uno de los perros comienza a rasgar con patas y dientes el abultado vientre del cuerpo de Mariana hasta que logra romper la piel. Gases y fluidos escapan vertiéndose sobre el piso y es ahora cuando los perros más pequeños y débiles tendrán su parte lamiendo la sangre podrida y mascando las vísceras derramadas sobre el suelo, alimentándose todos ellos de quien siempre los alimentaba a medias, dándoles a duras penas lo suficiente. Grotesco espectáculo es la comunión de la jauría que come la carne y bebe la sangre de quien fuera su Dios y que ahora está muerto.
