sábado, 8 de diciembre de 2018

El leñador: Esta historia nos revela el secreto de la fuerza interior



Un joven necesitaba trabajar, pero lo único que tenía era un hacha que le había dejado su padre y su enorme fuerza física, así que decidió probar suerte en un aserradero.
El dueño lo asumió enseguida. Apenas le designaron su área de trabajo, el joven blandió su hacha y en un solo día cortó dieciocho árboles. Animado por su productividad, decidió que la jornada siguiente mejoraría su propia marca, de modo que se fue a descansar temprano.
A la mañana, se levantó antes que nadie y se fue al bosque. Aunque se esforzó mucho, no consiguió cortar más que quince árboles.
Triste por su poco rendimiento, pensó que tal vez debería descansar más tiempo, así que esa noche decidió acostarse con la puesta del sol. Al amanecer se levantó decidido a superar su marca de 18 árboles. Sin embargo, ese día sólo corto diez.
Al día siguiente fueron siete, luego cinco, hasta que al fin de esa primera semana de trabajo sólo cortó dos. No podía entender qué le sucedía, así que pensó que quizá el primer día había tenido un golpe de suerte y que realmente no era tan bueno para ese trabajo. Decidió presentar su renuncia, por lo que se dirigió al capataz:
-Señor, no sé que me pasa, no entiendo por qué he dejado de rendir en mi trabajo. Será mejor que lo abandone.
El capataz, que era un hombre muy sabio, le preguntó:
-¿Cuándo afilaste tu hacha la última vez?
-¿Afilar? Jamás lo he hecho, no tenía tiempo de afilar mi hacha, no podía perder tiempo en eso, estaba muy ocupado cortando árboles.
Siguiendo los consejos del capataz, el joven leñador, entre árbol y árbol, empezó a dedicar parte de su tiempo a afilar el hacha. Así pudo cortar más árboles.
Hay un momento para la acción y otro para la reflexión
Esta interesante historia refleja nuestra vida moderna. A todos nos ocurre lo que al joven leñador: estamos muy ocupados, corriendo de un lado a otro, ocupándonos de tareas aparentemente tan importantes que nos descuidamos a nosotros mismos, nos olvidamos de la preparación psicológica necesaria para enfrentar esas tareas con eficacia. Como resultado, no es extraño que tengamos que esforzarnos cada vez más solo para lograr peores resultados, que terminemos agotados física y mentalmente.
Søren Kierkegaard ya nos había alertado: “Perseguimos el placer con tanta prisa que nos quedamos sin aliento y nos apresuramos en dejarlo atrás”. El filósofo se refería a que vivimos demasiado apresurados como para ser capaces de disfrutar de las pequeñas conquistas o para prepararnos adecuadamente para los problemas que debemos afrontar.
Vivimos por impulso, sin parar, sin programar, sin pensar mucho. Por ende, es normal que nuestra mente se bloquee y empecemos a padecer estrés, fatiga crónica y enfermedades de todo tipo. Incluso en ese momento, cuando nos damos cuenta de que no estamos bien, seguimos adelante sin pensar que quizás deberíamos hacer una pausa para reconsiderar qué estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y por qué lo hacemos.
Debemos recordar que a veces no se cae por debilidad sino por haber sido demasiado fuertes durante demasiado tiempo. Hay que evitar llegar a ese punto. El secreto de la fuerza interior no radica en ser fuertes contra viento y marea sino en saber cuándo es momento de detenerse y recuperar fuerzas.
Por:  Protector gatuno