Buen día, churpios. El tema de hoy es el lamentable fallecimiento, vida y obra de un mexicano excepcional: El dr. Mario Molina, un gran científico ambientalista reconocido ya como mexicano universal.
Mario molina nació el 19 de marzo de 1943 en cd. de México y falleció el miércoles pasado. Se tituló como ingeniero químico por la UNAM y estudió varios postgrados en Inglaterra y en Estados Unidos. En 1955, recibió el premio Nobel a la química junto con Paul J. Crutzen y Frank Sherwood Rowland por el descubrimiento de la causa del adelgazamiento y del surgimiento de un agujero sobre la zona antártica de la capa de ozono terrestre. Para los que vivieron su adolescencia en los noventas, recordarán que la capa de ozono es la que nos proteje de las nocivaa radiaciones ultravioleta provenientes del sol. Sin ella no existiría la vida como la conocemos. En aquel tiempo, el temor por la destrucción de la capa de ozono y el de morir por cáncer de piel era algo parecido (aunque no tanto) a lo que vivimos con la pandemia presente. Pues resulta que el dr. Molina fue el que descubrió que los clorofluorocarbonos (CFC) eran los gases que destruían dicha capa protectora. Gracias a sus estudios, a sus investigaciones y sus publicaciones, y a pesar de una gran movilización de recursos por parte de las grandes compañías industriales para desestimar sus resultados, su equipo logró el establecimiento del protocolo de Montreal de las Naciones Unidas en 1994. En dicho protocolo se establecían las reglas para la reducción y el cese total de la producción de CFC para su uso como gas refrigerante y aerosol, y sustituirlo por compuestos menos dañinos al medio ambiente. Fue este el primer acuerdo internacional que ha enfrentado con éxito un problema ambiental de escala global, causado por la actividad humana. Gracias a esto, hoy la capa de ozono se ha recuperado significativamente y alcanzará su nivel óptimo en poco menos de 30 años. Con dicha hazaña, Mario Molina no sólo comprobó empíricamente cómo uno de los gases que se utilizaban comúnmente en muchos productos afectaba al medio ambiente, sino que dicha ciencia, aplicada, terminó en su prohibición, demostrando que, con acuerdos políticos, sí es posible cambiar para proteger al planeta.
El dr. Molina era un ambientalista convencido, no por dogma, sino por rigor científico. Creía que, a finales del siglo XXI, había una probabilidad del 90 por ciento de que la temperatura aumentara cuatro o cinco grados. Y esto tendría efectos catastróficos para el medio ambiente y la humanidad entera, por lo tanto el mundo tenía que ponerse de acuerdo para solucionar el calentamiento global, tomando en cuenta no sólo los intereses de los países desarrollados de Europa, Estados Unidos y Japón, sino también las naciones que crecían a pasos acelerados para tratar de vencer la pobreza como China, India, Brasil y México. Su última batalla, la que la muerte no le permitió ganar, fue la de recomendar insistentemente el distanciamiento social, el uso de cubre bocas y el lavado de manos como las mejores medidas para prevenir la proliferación del coronavirus.
A resumidas cuentas, el dr. Molina le enseñó al mundo que hay esperanza y que podemos ponernos de acuerdo para solucionar los problemas ambientales. Le enseñó a los jóvenes que ser ambientalista no es desnudarse en una protesta, aventar harina y huevos a los participantes de las cumbres político-económicas internacionales, o amarrarse a un árbol para evitar que lo talen; sino estudiar, investigar y prepararse para demostrarle con evidencia contundente y verificable a los políticos que se equivocan o que mienten, cualquiera que sea el caso. Mario Molina también nos enseñó, a los que tenemos relación con el trabajo ambiental, que son la ciencia y la ingeniería las que resolverán realmente los problemas ambientales que amenazan a todos los habitantes de este planeta, utilizando el método científico como su mejor arma para establecer políticas económicas, industriales y sociales que protejan el medio ambiente. Lo demás, los gritos, las pintas, los insultos, las calles tapadas, los hippies colgados de las vallas de protección y las chichis al aire para llamar la atención, son puras pendejadas.
Descanse en paz, muchas gracias por todo.
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